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Dúo Iris

Unidos por la música y el amor, Dayamí y Javier defienden la canción y celebran la salida de su primer disco.

De niña ella se vestía de Shakira y cantaba todas las tardes a los vecinos desde el portal de su casa. Él convencía a sus padres para que le compraran una guitarra, luego de que un primo santiaguero y bajista la pusiera por primera vez en sus manos. Ella escuchaba la radio y la música de su abuela: Marco Antonio Solís, José José, rancheras y cumbias. Él grababa un casete con la canción de una telenovela y oía a Buena Fe, Ricardo Arjona y el preferido de su abuelo, Beethoven. 
Dayamí Pérez Sánchez y Javier López Elías vivían a 165 kilómetros, pero un profesor se mudó y le dio la vuelta a la vida. “A veces las cosas no son tan casuales, como causales”, dicen años 
después, cuando una pandemia lo ha paralizado todo, o casi todo, y los niños que querían dedicarse a la música han visto nacer su primer disco: Mi suerte. 
El Dúo Iris se fundó sin nombre y luego lo tomó de la mensajera de los dioses en la Ilíada de Homero, y del catamarán que enlaza a Batabanó con la Isla de la Juventud, ciudades natales de sus integrantes. 
Pero Dayamí y Javier llevan juntos desde una tarde en que él la vio tocando el piano en un aula de la Escuela Nacional de Arte (ENA). Juntos han sido merecedores de la beca de creación Reino de este mundo, que otorga la Asociación Hermanos Saíz (AHS), y finalistas del Concurso Adolfo Guzmán en 2019. También acaban de ganar un Premio Lucas en la categoría Canción. 
“Muchas amistades y profesionales nos recomendaron en algún momento que cambiásemos nuestra forma de hacer y encontrásemos una forma más potable –dicen, a través de WhatsApp–. Cuando estábamos estudiando teníamos muchos conocimientos nuevos en nuestra mente, queríamos plasmarlo todo y las canciones nos salían un tanto complejas. Mucha gente nos propuso coquetear con los géneros que actualmente abundan. Pero siempre dijimos que no, que por lo menos teníamos que intentarlo”. 
Al principio no querían ni presentarse al Guzmán. No les gustan los concursos. Temían que acabara prevaleciendo la competitividad. Finalmente terminaron recibiendo el segundo lugar y se llevaron un grupo de WhatsApp con 40 “buenos amigos”, que aún permanecen en contacto. 
“Nos hacía falta ese empujoncito de visibilidad porque acabábamos de salir del Instituto Superior de Arte (ISA) y necesitábamos saber cómo encaminar nuestra música”.
Han cantado en peñas de trovadores y espacios como la Casa del Alba, la Fábrica de Arte Cubano (FAC) y el Pabellón Cuba, pero fue del Guzmán que salió su primer videoclip, Haciendo fe, un tema homenaje a José Martí que han definido como una “una filosofía de vida”. 
Para componer –explican– no tienen una rutina definida. “Nunca hacemos como otros compositores que dicen ‘vamos a sentarnos’. Casi siempre lo hacemos cuando la musa nos baja, o porque nos sentimos bien en cierto lugar o regresamos de algún lado donde nos hemos sentido motivados”.
Pero no siempre la musa bajó tan fácilmente, o al menos no de la manera compenetrada en que lo hace hoy, tras nueve años de relación. 
“Nos era complicado componer antes. Podíamos hacer, fácil, una canción en un año, porque siempre tratamos de hacerla por pedazos. Tenemos diferencias de opinión y es difícil llegar a un consenso. Ahora que nos conocemos ya no, pero terminábamos hasta discutiendo y tirándonos los calderos”, comentan divertidos. 
Las parejas en la música siguen siendo parejas. “En esta travesía voy a mar abierto. No cambiaré el sentido. No iré con el viento. Solo seguiré tu continuidad”, dice Mi suerte. 
Cuando se conocieron aquella tarde en la ENA, Dayamí llevaba 13 años tocando el fagot. Siempre había querido dedicarse a la música y en quinto grado había entrado a la escuela Elemental. 
Javier, en cambio, tocaba la guitarra y algún estándar de jazz sentado en los muros de la escuela, detalle que ya a ella le había llamado la atención. De pequeño recibió clases particulares, pero siempre pensando en un plan B. “¿Qué vas a hacer si un día no puedes ejercer la música? Uno nunca sabe las vueltas que puede dar la vida”, le decían sus padres y profesores. Y aunque finalmente entró a la ENA por convocatoria libre, se quedó con algunas pasiones, entre ellas, la informática, electrónica y mecánica. “Es un pasatiempo que tengo y a veces disfruto ir arreglando cosas”. 
Años después, como la vida da muchas vueltas, Javier terminaría haciendo de electricista en casa de Yoel Martínez, mientras pasaban los días haciendo el álbum del dúo.
“Producir el disco con Yoel –cuenta Dayamí– fue un regalo tremendo porque Buena Fe es un grupo que ha inspirado a una generación”. Como un niño pequeño que sueña con conocer a su ídolo, Javier le había confesado que trabajar con ellos era un sueño inalcanzable.
Lo fue hasta que Israel Rojas les pidió realizar los arreglos vocales a Cuatro Cuentos, Ni una más y Carnal, temas que terminaron cantando junto al grupo en un Karl Marx con cinco mil personas. “Podemos decir que también es una suerte haberlos conocido”, coinciden ambos. 
Buena Fe, tal padre que guía a sus hijos, los ayudó desde el primer momento a entender el mundo del mercado de la música. “Hay muchos aspectos a tener en cuenta a la hora de defender nuestra canción. No es solo sacarla y cantarla. Hay un enfoque en la 
manera de promocionarlas, en redes o a través de proyectos. Y Buena Fe tiene muchos años de experiencia. Siempre nos alumbraron y nos abren los ojos”. 
Como voces que empastan en la música y en la vida, coinciden en que han florecido como artistas en un momento en que las personas necesitan del género canción. “Todo se ha paralizado y no nos queda más opción que esperar, reflexionar sobre lo que hacemos y a dónde debemos ir; y este género nos da esa oportunidad”. 
Desde que salieron del Guzmán su objetivo era hacer un disco, pero los tiempos de Buena Fe, con giras y conciertos, no lo habían permitido, hasta que la pandemia lo paralizó todo, o casi todo. Fueron seis meses junto a Yoel, quien les prometió un disco minimalista que respetara su esencia, del cual ya ha sido publicado un tema y este febrero saldrán a la luz dos más. 
Una de las sorpresas del álbum era la colaboración con Pancho Céspedes. Cuando Dayamí comienza a explicar por qué no fue posible el dueto de Vida, Vida, culpa precisamente a la vida y a la distancia, pero Javier la interrumpe: “el coronavirus”.
Javier ha aprendido lo que implica la pandemia. Tiene a su abuelo de 95 años en casa y los dos han decidido aplazar proyectos y cuidarse. “No sé cuándo estará libre la pista. Por ahora toca abrir las ventanas y llegar hasta donde nos lleve la vista. ¿Cuándo saldremos de nuevo? Eso nadie lo sabe, mejor, por ahora, nos damos un beso”, cantó Residente en mayo. 
Si les preguntas la clave de su éxito te dirán que no saben “el conjuro o la fórmula, pero cuando nos paramos en un escenario estarán viendo cómo somos. Mostrando algún sentimiento en las canciones. Un tema tiene que quedar en el subconsciente para que luego la gente haga su interpretación”. 
Dayamí ríe. Javier la mira cuando canta y sonríe. Quizás no tendremos nunca las respuestas a si son sus voces, sus timbres o su humildad. Quizás es que se miran como quienes saben lo que es la suerte de vivir y nunca haberse perdido. “Y nada, que hay Dúo Iris para rato”, dice Dayamí y ríen, una vez más.

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